La mañana del 26 de agosto, en la zona de alta montaña del Himalaya, cerca de la frontera entre Nepal y China, se produjo un colapso masivo de un glaciar y de rocas en la zona de las cabeceras del río Lhende Khola.
A unos 5200 metros de altitud, una enorme masa de aproximadamente 600 metros de ancho se desprendió de la ladera y cayó casi 1200 metros hasta el valle.
La fuerza del impacto fue colosal. Según estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos, la energía liberada durante el colapso fue comparable a la de un terremoto de magnitud 5.2.
El hielo y los fragmentos de roca descendieron a gran velocidad por la pronunciada pendiente, arrastrando consigo tierra, enormes bloques de piedra y agua. A medida que avanzaba, la masa de hielo se fragmentaba y se derretía intensamente. Como resultado, se formó un potente flujo de lodo y escombros que arrasaba todo a su paso. Una enorme ola de agua y barro, semejante a un tsunami, alcanzó a cientos de personas que intentaban huir.
Posteriormente, los cuerpos de las víctimas fueron hallados mucho más abajo, a cientos de kilómetros del lugar donde se había iniciado la catástrofe.
En muchos puntos, los acontecimientos se desarrollaron literalmente en cuestión de segundos. Uno de los testigos, residente en la localidad de Shanti Bazar, en el distrito de Nuwakot, relató que los habitantes dispusieron de apenas unos 20 segundos antes de que el nivel del agua y el lodo alcanzara unos seis metros de altura. La gente corrió hacia las zonas más elevadas de las laderas. Él, junto con otros supervivientes, logró llegar hasta una colina, donde permanecieron más de 48 horas a la espera de ayuda.
En la localidad de Trishuli Bazar, una alerta emitida a tiempo ayudó a salvar a más de 1600 personas. Al enterarse de que, río arriba, el flujo ya había destruido una aldea, el director de una escuela dio inmediatamente la voz de alarma. Se indicó a los profesores que llevaran a los niños a una zona elevada, mientras que los conductores de los autobuses escolares que aún estaban en ruta fueron avisados por teléfono.
Uno de los autobuses logró alejarse del puente apenas unos instantes antes de que la estructura fuera destruida.
Poco después, la corriente arrasó por completo también el edificio de tres plantas de la escuela.
En la zona de Uttargaya, en el distrito de Rasuwa, una mujer de 26 años se encontraba en casa con sus cuatro hijos cuando vio que una enorme corriente avanzaba por el río Bhote Koshi. Se ató a la espalda a su bebé de cuatro meses y, junto con los demás niños, corrió descalza ladera arriba. La familia consiguió refugiarse en el bosque. Su casa quedó completamente destruida por la inundación, y posteriormente la mujer y sus hijos tuvieron que alojarse en un refugio temporal.
Entre las infraestructuras más afectadas se encuentran las centrales hidroeléctricas del valle de Trishuli. Según la Asociación Independiente de Productores de Energía de Nepal, 13 instalaciones sufrieron daños y, tras el impacto, se perdió el contacto con más de 900 trabajadores.
Uno de los empleados evacuados relató que solo en las instalaciones donde él se encontraba había al menos 400 personas y que, según su testimonio, hubo más fallecidos que supervivientes.
En el momento de la catástrofe también había numerosos turistas y peregrinos en la zona fronteriza. Por este territorio pasan rutas hacia lugares sagrados como el monte Kailash y el lago Manasarovar, en el Tíbet, así como hacia el lago Gosaikunda, al que se dirigen miles de personas durante la temporada de peregrinación.
Entre quienes lograron salvarse se encontraba un grupo de 57 peregrinos procedentes del estado indio de Tamil Nadu. Tras abandonar el autobús, comenzaron a subir por la ladera. Una de las mujeres desenrolló su sari para que su marido pudiera utilizar la tela como una cuerda improvisada y ayudar a varios ancianos a subir hasta un lugar seguro.
Más tarde, una de las integrantes del grupo contó que los vehículos que circulaban tanto delante como detrás de su autobús fueron arrastrados por la corriente.
En Nepal, alrededor de 590 ciudadanos extranjeros de 39 países figuran entre las personas desaparecidas.
Todos estos testimonios muestran hasta qué punto, durante los primeros minutos de una catástrofe, mucho depende de la reacción de las propias personas. Cuando no hay tiempo para esperar la llegada de ayuda, puede ser decisivo haber pensado de antemano, aunque sea de forma general, cómo actuar: saber qué hacer, hacia dónde dirigirse y cómo ayudar a quienes están cerca.
Una preparación así puede, en un momento crítico, salvar su vida y la de sus seres queridos.
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